Hace exactamente un año, en una ciudad francesa perdida entre las montañas, me encontraba inmersa en la ardua tarea de traer a mi hija al mundo. Recuerdo cosas locas que pasaron como los veinte minutos que tardamos, un "fistro de gabacho" entusiasmado y yo, en recorrer los escasos diez que había entre la casa y el hospital, parándonos de contracción en contracción y tiro porque me toca y animados por los viandantes como si aquello se tratase del Tour de Francia, y cómo sin embargo llegamos los primeros, pudiendo escoger así la "sala natural" donde nos bañamos, nos balanceamos sobre pelotas gigantes y hasta nos tiramos por una suerte de tirolina rollo Tarzán. También me marqué, después de ocho horas de parto, un sprint final por el pasillo de la clínica derrapando hasta la sala de la epidural con dos comadronas a la zaga, que llegaban jadeantes y gritando: "¡jamás hemos visto a alguien con semejante barriga correr así!" Y cómo todo se precipitaba finalmente hacia una cesárea de urgencia. Recuerdo cómo entonces irrumpió en escena un ángel de la guarda reencarnado en un enorme enfermero lleno de tatuajes y piercings que se pasó toda la operación sujetando mi cabeza y mi mano mientras me cantaba canciones al oído y recuerdo muy concretamente una que hablaba de la guerra civil española y que decía "la esperanza está en el vientre de las españolas" y cómo ese mismo hombre le gritaba desde la puerta del quirófano con lágrimas en los ojos al nuevo "papito gabachín angustiado":"¡todo ha salido muy bien. Su mujer está llorando como un bebé!"
Recuerdo los murmullos franceses que poblaban toda la atmósfera y cómo sin embargo las primeras palabras que susurré al oído de la recién llegada la unían de golpe con otra realidad, una tierra más árida y soleada y a un entrañable grupo humano que esperaba anhelante el sonido del teléfono como música celestial.
Desde entonces hasta ahora esto ha sido, cómo diría yo, como una carrera de fondo. No, más bien como una escalada, sí, un excitante ascender hacia el "Olimpo de las madres". Una vez allí se me han otorgado mis correspondientes superpoderes y ahora puedo hacer cosas tan increíbles como transmutar las horas atrasadas de sueño en una energía extrema o congelar el tiempo en un instante para evitar que súper bebe se estrelle contra el suelo cayendo de cabeza desde el sofá. También, al entrar en una estancia, puedo detectar con tan sólo un barrido de ojos cualquier objeto punzante u obstructivo que se esconda acechando en el rincón más inhóspito y por la noche puedo activar mi detector de ultrasonidos que me mantiene alerta al mismo tiempo que descanso.
Después de esta jornada tan excitante para "cielito lindo" y para mi, intentábamos relajar la adrenalina antes de dormir con la lectura, ella con su cuento de animales domésticos y yo deleitándome con mi precioso libro de "Madre no hay más que una y aquí están todas". Dejo constancia de las mamás con las que, por el momento, me siento más identificada.
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| La primera, sin duda, Madre Primeriza Madre Creativa y por el momento me despido con Madre Protegepolluelos |


