El día que volé a Madrid para comunicarle a mi madre que iba a ser abuela ella me estaba esperando a su vez con una gran sorpresa: Una flamante máquina de coser. Ese fue exactamente el regalo de bodas que ella recibió de manos de su padre y aunque yo "vivía en pecado" mi madre debió considerar que, dado que mi asiduidad nocturna había disminuido considerablemente, y que por fin un novio me duraba más que un puñado de meses, había llegado el momento de recibir mi gran regalo iniciático. Ni que decir tiene que aluciné nada más verla, pero que lo que fue de órdago fue la cara de mi madre cuando le solté lo que había venido a anunciarle (jamás vi a mi progenitora tan feliz). Así quedó relegada a un segundo plano la pobre maquinita hasta que unos días después, armándome de valor, la saquė de su funda floreada, y yo, que lo único que me había cosido en la vida habían sido dos ampollas en el camino de Santiago, empecé a fabricar todo tipo de seres en tela, trapo y fieltro que pronto comenzaron a superpoblar cada rincón de mi casa. Las hormonas del embarazo ayudaban a levantar esta fructífera ola de creatividad y la pequeña lentejita que me crecía allá adentro era sin duda mi gran inspiración.
Todo un mundo de tejidos y lanas se ha abierto ante mí gracias a la poderosa herramienta que mi madre puso en mis manos. Soy una recién llegada pero nunca me canso de intentar ir más lejos. Mi último descubrimiento el crochet, y mi último reto este cangurito con el que me siento tan identificada y que por fin terminé ayer. Poco a poco empiezo a dominar las técnicas a base de tutoriales del youtube y espero muy pronto poder soltar mi imaginación para dejarme arrastrar a donde quiera llevarme.


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